Hoy me topé con fotos de una viaje no planeado a Lima con mis hijes de 9 y 10 años y recordé mi locura aeroportuaria (a.k.a. lady pasaporte):
Viaje a Buenos Aires desde México. Vamos a la boda de mi hermana. El día del vuelo, hay una manifestación de policías que se oponen a ser reasignados a la nueva guardia nacional del país. La idea es bloquear el acceso al aeropuerto y lo logran. Llegamos tardísimo. Documentamos maletas y esperamos. Y esperamos. Y esperamos.
El vuelo se retrasa cinco horas. De pronto aparece el flamante piloto, acompañado del copiloto y de los auxiliares de vuelo, que parecen caminar en cámara lenta, impecables, mientras arrastran sus pequeñas maletas. Seis horas después aterrizamos en Lima para el vuelo de conexión… el cual obviamente perdimos hace mucho. Un montón de malhumorados argentinos empiezan a gritar que nos suban (o al menos a ellos) en el siguiente avión a Buenos Aires, debe haber cerca de cinco vuelos diarios. Pero no, la idea es dejarnos en Lima 24 horas hasta tomar el mismo vuelo que nos correspondía, pero al día siguiente.
Yo me angustio. Vamos pocos días a Argentina y uno menos es mucho en nuestro calendario. Así que me acerco al mostrador donde la señorita de la aerolínea trata de contener a los leones del coliseo y, en mi superamable tono mexicano en contraposición a la argenprepotencia le explico, le invento, que la boda de mi hermana es el día siguiente. No hay forma de que nos quedemos en Lima un día más. Juli y Lu están parados al lado mío y los tres ponemos cara de circunstancia. Yo sigo: “Es la boda de mi hermana menor, la vemos poco, es un viaje importante y para ella es crucial que estemos presentes porque soy su principal apoyo. Se casa con su novia y en la familia no están de acuerdo, está sola…”. Esto último una mentira absoluta.
Mi hija comienza a angustiarse en serio: “¿No vamos a llegar a la boda de Fati?”. Trato de calmarla: “Sí vamos a llegar, es lo que estoy viendo con esta señorita… Entonces, como le decía, no podemos quedarnos en Lima más tiempo, la boda no se puede retrasar por nosotros, ella se animó, se decidió y se enfrentó a su padre. Es un evento de celebración del amor… Hay vuelos cada cuatro horas a Buenos Aires, por favor súbanos en el siguiente, sólo somos tres…”. La señorita insiste en que es imposible y empieza a desesperarse. El tono amable se desdibuja de mi ser. Mi hija empieza a llorar, no quiere perderse la boda de su tía. “Pero, ¿en serio va a hacer que la nena no llegue a la fiesta?”, insisto. Parece que sí. Lu llora desconsolada, y la señorita me insta a que me aleje del mostrador. A unos metros de la causante del trauma, abrazo a mi hija y le confieso que era mentira, que la boda es en cinco días y que por supuesto que llegamos. Al mismo tiempo trato de explicarle que en algunas ocasiones sí se vale mentir y ella tendrá que averiguar en cuáles… Muy buena madre.
Cuando está claro que no van a subirnos a ningún vuelo hasta el día siguiente, hay que pasar por migraciones para entrar oficialmente a Perú… Pero no nos dejan porque se necesita un pasaporte vigente por seis meses, y el nuestro vence en cuatro. La propuesta es dejarnos 24 horas en el aeropuerto. Entonces Mara (quien no me deja alcanzar la iluminación anhelada), se apodera de mí y, con mis hijes ahí a un costado, le digo a la señorita algo como: «Voy a tener que matar a alguien y espero que no sea a usted». Esa noche estoy decidida a ser un ejemplo de crianza respetuosa y cariñosa.
Después recuerdo que traemos los pasaportes argentinos que vencen mil años después y entramos (derrotadxs) a Perú. Cuatro horas más tarde, ya en el hotel, Lu, desencantada de su madre, me dice: «No me gustó cuando amenazaste con matar a la señorita». Y yo, haciendo malabares con la semántica, la gramática y la vil mentira, intento explicarle que no he amenazado a nadie. No sé si me cree.
Y nada, pasamos un día en Lima, paseamos, comimos ceviche y fuimos felices en la niebla.

