“Nadaaa, oh, oh, oh, nada personal…”, cantan desaforados cerca de treinta adolescentes de entre once y doce años en un autobús. Sobre la penúltima fila de asientos, una penca de plátanos cuelga del techo. Natalia y Paola están sentadas de rodillas sobre el respaldo para poder hablar con Karina y conmigo, que estamos en la fila de atrás. Lorena y Margarita tratan de besar a la fuerza a Pável porque “ya somos grandes y quedamos de saludarnos de beso. No se vale que no quieras”. Él resiste estoico.
El primer día, después de mil horas de viaje, llegamos a Oaxaca al caer la noche. En una de las principales plazas, empieza la cadena de producción: uno saca un bolillo de la bolsa gigante de pan, otro lo parte a la mitad, y alguien más le pone cajeta. 37 bolillos: 32 adolescentes y cinco maestros. A otra brigada le toca hacer el agua de sandía, ahí mismo en la plaza. Terrible decepción y varios gritos cuando descubrimos que alguien se equivocó y agregó sal en lugar de azúcar.
Estamos en el campamento de fin de primaria, sexto año. La alegría y las hormonas se desbordan por las ventanas del autobús. Es un viaje largo, tres semanas por el sureste mexicano; otros tiempos. Muchas horas en carretera. En la última fila, la que tiene los cinco asientos de corrido, Alexis, Ticho, Zorro, Quique y Pablo hablan en voz baja, pero todas sabemos que conversan sobre las nominaciones a “la banana de oro” y las masturbaciones habituales y grupales que llevan a cabo, quizá no en las tiendas de campaña, pero sí cuando nos toca dormir en algún albergue u hotel.
Todos dejamos de hablar, de reír o de atacar a Pável cuando llega el coro: “Nadaaa, oh, oh, oh, nada personal…”, y nos sumamos en un canto frenético.
En cada parada, Oaxaca, Tuxtla Gutiérrez, Cañón del Sumidero, Palenque, Xcacel, Cancún, Mérida y Santiago Tuxtla, las parejas cambian; los noviazgos duran dos días y los chismes menos todavía. Todas las noches hacemos una fila de chicos y otra de chicas, sólo “l@s madur@s”, claro, y al igual que en un partido de futbol cuando se dan la mano al final, nosotros nos damos un beso de buenas noches. La escena se repite por la mañana. Esto sucede sólo en los hoteles y albergues, donde dormimos separados chicas y chicos, porque las tiendas de campaña son mixtas. Ahí las guerras en sleeping bags se imponen, al igual que las confesiones nocturnas: a mí me gusta Zorro; a él, alguien más.
En los albergues nos bañamos juntas, sufrimos porque estamos muy desarrolladas, sufrimos porque no lo estamos lo suficiente. Paola nos presume que alguien de su familia conoce al Papa, Lorena revira con un “pues mi abuelo es filatelista”, y yo sigo tratando de comprender aquella discusión hasta el día de hoy. En Campeche, en el albergue del CREA, Karina y yo descubrimos que se puede pasar a los otros cuartos por arriba del plafón del pasillo. Lo intentamos para llegar al de Sirio y Amandine y hacer pijamada grupal. Soy valiente y voy primero. En cuanto piso el delgado triplay, éste se quiebra y mi pierna se hunde. Por abajo, en el pasillo, está pasando Norma, nuestra maestra, quien estupefacta no da crédito a la escena: una pierna se abre camino a través del techo. Con el corazón latiendo a mil por horas, saco la pierna y, en el proceso, miles de astillas se incrustan en mi piel. Me tiro en la litera entre risas y llanto. Cuando entra Norma al cuarto no doy la cara. El dolor y la vergüenza son abrumadores, aunque después de un rato, la risa vuelve a invadirlo todo. Al amanecer nos damos a la huida: los 37 caminamos de puntitas y susurramos para que los gerentes del albergue no nos digan nada por el agujero del techo. Y así volvemos al DF.
Unos meses después me iré a vivir Argentina; no quiero. Este campamento para mí es una despedida, el adiós a las personas con las que iba a hacerme grande en secundaria en mi lugar. He intentado convencer a mi mamá de dejarme en México: “Me quedo en casa de Karina, su mamá ya dijo que sí. ¿Argentina qué?”. No hay forma, mi alegato no tiene impacto alguno. O sí, pero: “Nos vamos. Hay que volver. Tu papá vive allá. Están los abuelos…”. Nada personal.


Genial … Lu se parece más a ti de lo que pensábamos ….!
… alguna de Charly sirve para contar la vuelta…
Beso.
… el abuelo filatelista… nunca habrá argumento mejor en la vida…
Es genial 😉
Qué lindo el cierre melancólico del fin del exilio, los (creo que son) 8 años que te llevo se traducirían en que al salir de la primaria no existía todavía el rock-pop en español y nosotros cantábamos Mocedades y Serrat… me hubiera gustado nacer cuando tú, já. Abrazo.