Hay unas fáciles o la sensatez congelada

Hace unos días, en una página de montañismo –alpinismo o andinismo según el hemisferio de origen –, encontré un video del Monte Tocllaraju, en la Cordillera Blanca en Perú. Hermoso. La cámara sube poco a poco hasta llegar a la cima. En 2003 estuve ahí, me cuentan, porque mi recuerdo es bastante gris. 

“Vamos a Perú a escalar”, dijo alguien, no sé si Varinia o Emiliano, mi hermano, “hay unas fáciles”. El plan era que todo saliera de maravilla, pero no funcionó. ¿Qué esperaba? Mi condición física era de corredora de 4 km en Viveros; quizá 6 km los días que me sentía deportista de alto rendimiento. De ahí para los 6032 m de altura todavía hay un largo trecho, y lo peor es que es de subida. Pero iba con los expertos. Emiliano y Emo, el otro integrante de la expedición, tenían importante experiencia. En aquellos tiempos, además de jóvenes y entusiastas, estaban considerados dentro de los mejores escaladores de México. Ávidos de aventura, planearon ese viaje, entrenaron, juntaron dinero. Yo tenía un boleto de ida Argentina que ya no usaría por causas del amor y lo cambié por uno de ida y vuelta a Perú. “Hay unas fáciles”, decían, y me colé. 

Tenía ilusión de ir, después de todo, Perú es el primer país donde viví al salir de Argentina, con dos meses de edad. Ahí pronuncié mis primeras palabras y empecé a caminar. Nunca había regresado, salvo por las escalas que hacía Aero Perú en nuestros recurrentes viajes al sur. Me acuerdo de una en particular en la que estuvimos horas en el aeropuerto Jorge Chávez de Lima, Emiliano y yo solos y aburridísimos, porque había amenaza de bomba. Siempre pensé que Sendero Luminoso tenía que ver, pero ahora que investigo en internet, no encuentro nada al respecto. 

Aproveché el viaje para conocer Machupichu y Cuzco, y recorrer el río Ucayali, afluente del Amazonas, desde Pucallpa hasta Iquitos, quizá jugando a Fitzcarraldo pero sin gramófono y sin flechas. Cuatro noches fantaseando con tiempos remotos y futuros inciertos en un barco que se quedaba varado cada día durante horas porque el nivel del río bajaba. Con Varinia, y cientos de personas más y algunas ratas, dormíamos en hamacas en aquella hermosa embarcación de dos pisos, donde pasaban las horas sin pasar mientras atravesábamos la selva. Pero el espléndido video del Tocllaraju no me transportó a esa parte maravillosa del viaje, que más o menos transcurrió sin sobresaltos, salvo cuando tuvimos que cruzar el Amazonas. Atravesamos en una precaria canoa hasta llegar del otro lado y tomar una lancha taxi. Los barcos más grandes pasaban a centímetros de distancia provocando un oleaje amenazador, pero a pesar de la permanente sensación de que en cualquier momento caeríamos al río con todo y mochilas, llegamos enteras al otro lado. 

Ya en Huaraz, capital de la región de Ancash y centro estratégico para todos los montañistas que se aventuran en la Cordillera Blanca, así como para las improvisadas como yo, el viaje se tornó un poco complicado. 

Habíamos ido hasta Perú y teníamos que subir una montaña, sobre todo porque «había unas fáciles». No importaba que el objetivo inicial de aquel viaje de Emiliano, Emo y Jorge —el tercer participante en aquel mucho más complejo ascenso que el Tocallaraju—, el monte Huandoy por la cara sur, no se hubiera alcanzado por distintos factores. Entre ellos el implacable cansancio por cargar solos todo el equipo y el pequeño detalle de los bloques de hielo cayéndoles encima. Tampoco resultó una circunstancia decisiva el hecho de que Jorge hubiera sufrido un accidente unos días después de aquella tentativa fallida, una caída de varios metros en el glaciar Pastoruri mientras yo lo aseguraba, y hubiera pasado varios días en el hospital con el cerebro inflamado, las piernas lastimadas y sin reconocer a nadie. Mucho menos iba a importar que durante la estancia de Jorge en el hospital, una avalancha en el Monte Alpamayo, una de las montañas más famosas de la región, hubiera terminado con la vida de ocho montañistas. No, habíamos ido a Perú y había que subir “algo”. Y al Tocllaraju nos fuimos mientras Jorge se recuperaba en Huaraz. 

El camino hasta el campamento base, en la quebrada de Ishinca, era hermoso. Flanqueada por altas montañas, acompañada siempre por un río gélido y cristalino y sin la tortura del peso de las mochilas, cargadas por las afables o quizá sometidas mulas, caminé alegre por horas sin que por mi cabeza asomara ni pizca de preocupación. 

La primera noche en aquel campamento transcurrió tranquila, creo: no me acuerdo de nada y por lo general sólo tengo espacio en la memoria para la desgracia. La segunda noche, ya a 4900 m, después de haber subido la morrena, esa parte baja del glaciar formada por piedras y barro, con aquellos mochilones fatigosos, no corrió tan placentera. No sé si porque éramos los más jóvenes o los más sumisos a las órdenes del hermano mayor, a Emo y a mí nos tocó derretir hielo para llenar las bolsas de agua. Tardamos horas. Casi no dormimos, como siempre sucede allá arriba. 

Arrancamos temprano, hacia las 3 AM. No hacía calor. Tengo idea de que estaba despejado y se veían las estrellas, pero al igual que el cielo se cerró cuando supuestamente amanecía, también se nubló mi memoria después de tantos años. Desde la primera hora de caminata por el glaciar, tomé un trago de agua, que ya se empezaba a congelar, y un pedacito de hielo me lastimó la garganta. En más de 17 horas de escalada, creo que rompimos record, apenas tomé dos gotas más. Tampoco comí, no sé si por falta de hambre, enajenación o alienación absoluta o porque no me dejaban descansar ni un segundo, ya que en realidad yo me detenía a cada paso para respirar y retrasaba a todos. 4 km en Viveros. 

Nunca salió el sol. La experiencia fue como estar al norte del círculo polar, donde en verano no acaba de oscurecer completamente y una especie de niebla permanente lo cubre todo. Así fue aquel día, pero con tormenta de nieve, visibilidad cero y un frío atroz. Los otros montañistas que subían empezaron a bajar en cuanto fue claro para todos que la tormenta no pararía. Claro para todos menos para nosotros, que teníamos la misión del señor de hacer cima porque no podíamos irnos de Perú sin una cumbre. 

Emiliano y Varinia formaban una cordada. La mía era Emo. Muy pronto nos sacaron ventaja, misma que se fue agrandando con cada paso. Yo quería volver, no sé si por sensatez o por agotamiento. Pero no, seguimos. Con cada metro que subíamos, los pulmones iban malográndose. Tan lejos estaban ya mi hermano y Varinia que, con la excusa de alcanzarlos para avisarles que íbamos para abajo, Emo me arrastró cuesta arriba por horas. La tormenta seguía: el pelo congelado y también la manguerita de la bolsa de agua. Nunca vi el camino, apenas distinguía a Emo. 

Así llegamos a una primera pared, muy corta. Recuerdo haberla subido, siempre con los crampones y el piolet, más o menos con gracia, lo cual me hizo pensar que quizá lo lograría. Seguimos caminando en aquel glaciar infinito, que más que blanco y luminoso como en las lindas postales, era turbio e indefinido. Emiliano y Varinia se alejaron nuevamente. Seguro ellos sí corrían más de 4 km. Los volvimos a alcanzar —o nos esperaron, como lo quieran ver— en el puente de hielo. Maldito puente de hielo. En algún lugar de esa inmensa e imponente montaña hay un grieta gigante. Para sortearla, se coloca una escalera acostada que, por la baja temperatura, se congela y una gruesa capa de hielo la cubre. Qué tan gruesa y qué tan resistente, no se sabe. De ese paso del terror tengo una foto de Varinia cruzando. A pesar de las lágrimas que no se congelaban en mis mejillas, quería tener registro de ese lugar: no sé si pensaba que era el final o si quería tener evidencia de lo idiota que había sido. Cruzó Emiliano, cruzó Varinia. Cuando me tocó a mí, conté como siempre con el cariñoso apoyo de mi hermano que me dijo algo como: “Ay, Paula, no mames, cruza y ya”. Por último llegó Emo. De ahí a la cima faltaba poco: otras mil horas. Cuando mi cordada llegó, los otros dos llevaban un rato esperándonos, de mal humor y sin una sonrisa. No se veía nada. Nada. 

Nos tomamos la foto, con Emo nada más, de la otra cordada no hay registro de estar allá arriba, y celebramos de a dos: yo por haber alcanzado la cima, Emo por haberme arrastrado con éxito. Nunca podré agradecerle lo suficiente por haberme subido y bajado sin pérdida de extremidades o de persona completa, siempre con el ánimo alegre y con palabras de aliento, a pesar del lastre que era yo para él. 

Y entonces empezamos el descenso: cuerda para bajar enredada, pilas de las linternas agotadas, crampones de Varinia rotos y una plataforma de hielo interminable salpicada de grietas, en una de las cuales caí. Exagero, no caí, pero así se sintió. Emo la saltó primero con destreza de montañista experto; yo no tanto. Di un gran paso, y al llegar del otro lado, sentí que el piso se desintegraba. Alcancé a echar el cuerpo para delante. En realidad, lo único que quedó volando fueron mis piernas, pero a las nueve de la noche, después de aquel tormento, no era una sensación agradable. Me retorcí como foca por el hielo para salir de esa zona y me puse de pie. Emiliano y Varinia encontraron un lugar más amable para cruzar. Un rato después, irritables y exhaustos, vislumbramos un par de tiendas de campaña. El desasosiego se impuso otra vez: no eran las nuestras. ¿Qué habrán pensado aquellos suizos cuando cerca de la media noche cuatro entumecidos y despistados montañistas los despertaron para preguntarles «Have you seen other tents around here?”. Algunos metros más adelante, con un dejo de regocijo escondido, quizá semisepultado, y yo escupiendo sangre, no por lesiones en el pulmón, sino porque el pedazo de hielo tempranero me había cortado la garganta, llegamos a las tiendas de campaña, las nuestras. Debe haber sido uno de los momentos en los que más alivio y consuelo he sentido en mi vida. 

Días más tarde, después de algunos paseos más tranquilos con Emo para recuperar el ánimo, regresamos a México. No le hablé a mi hermano por seis meses, pero él no se dio cuenta. 

Sí, seguro la ruta para llegar a la cima del Tocllaraju es fácil, facilísima, pero con tormenta de nieve, visibilidad cero y condición física de 6 km en Viveros echándole ganas, resultó bastante compleja. Años después de aquel viaje, descubrí que, en quechua ancashino, Tuqllaraju quiere decir “nevado con trampas”. Tarde me llegó la información.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *